Cuando ser amable no compensa

Actualizado: feb 12

La complacencia femenina no es una virtud sino un defecto que puede llegar incluso a poner en peligro a quien la practica.




En su segunda acepción del adjetivo complaciente, la Real Academia de la Lengua Española dice: Propenso a complacer. Y si buscamos la palabra complacer encontramos que dice: Dicho de una persona: Acceder a lo que otra desea y puede serle útil o agradable. Es esta última descripción de la complacencia la que nos interesa y de la que vamos a hablar aqui. Nos vamos a centrar sobre todo en esa parte que dice “Acceder a lo que otro desea”. Y lo vamos a hacer de forma crítica porque consideramos que la complacencia es un defecto. La complacencia nos la presentan las mujeres como aquello a lo que las personas de buena fe deben aspirar y que es siempre algo positivo.

Entendemos que, desde el momento en que la mujer es la que cuida de la tribu, evolutivamente hablando la complacencia es algo que ha sido favorecido para la supervivencia de la especie. Y no intentamos aquí convencer a las mujeres para que dejen de ser amables o complacientes de forma radical. Lo que vamos a intentar es hacer entender hasta qué punto la complacencia hoy día se ha convertido en un defecto tan grave que puede afectar muy negativamente a la vida de las mujeres.

Daría la sensación de que muchas mujeres consideren que su misión en la vida es la de agradar a otros y acceder a todo lo que el otro desea. Esta forma de comportarse parece ser la esencia de la personalidad de millones de mujeres y lo que parece que llevan grabado en su cabeza. En mi libro hablo extensamente de esta complacencia femenina. Lo hago en el contexto de la corrección política, y lo que vengo a decir es que este es un comportamiento social que parece haber sido creado para la personalidad femenina, porque a la mujer le cabe como un guante.

Cuando hablo de Corrección Política en el libro, en realidad quiero hablar de la complacencia. Lo extiendo a la corrección política porque esta es más un asunto político y había muchas cosas que quería explicar en el libro que nos incumben a las mujeres y decidí hacerlo de una forma más genérica. Aun así, me quedaron muchas cosas que decir con respecto a esta forma de actuar de las mujeres y por eso decidí hacer también este podcast para complementar lo dicho allí.

Por resumir, en el libro comento lo siguiente:

Todos conocemos por lo menos a una mujer que no sabe decir que no, que quiere quedar bien con todo el mundo a toda costa, que no soporta el conflicto y que hace lo que sea para evitarlo. Esa mujer, sin saberlo ella, es la mejor representación de la corrección política. Este tipo de personalidades son producto del apego inseguro-ambivalente también, lo que significa que, en realidad, le trae mucho sufrimiento a la mujer. Además, las lleva a verse en situaciones incómodas o incluso peligrosas para ellas de forma recurrente.
Las lectoras quizás ya conozcan el caso de la mujer que sufrió acoso sexual en las duchas en sus clases de yoga. Era una mujer del tipo que describimos aquí, que había aprendido a ser amable con los homosexuales y con los transexuales. Como cualquier mujer políticamente correcta, estaba a favor de que los hombres en transición hicieran uso de los espacios femeninos. Se apuntó a unas clases de yoga en una escuela que le gustaba mucho y en donde se sentía segura, y al cabo de un tiempo llegó un representante queer, es decir, un hombre afirmando que era una mujer y solicitando hacer yoga en su clase. Lo aceptaron y ella le dio la bienvenida. Lo acogió como cualquier mujer políticamente correcta haría, esforzándose en ser especialmente amable con él. Hasta que él entró en las duchas un día, mientras ella se duchaba, y se quedó mirándola desnuda mientras se tocaba sus genitales (de hombre).
La corrección política nos obliga también a tener cuartos de baños neutrales para no ofender a la minoría queer. Lo que significa que me puedo encontrar con un desconocido en un baño público, sea quien sea ese desconocido, con el peligro que eso entraña. En este caso, y en muchos otros, habría que ver hasta qué punto las libertades de algunos conllevan la retracción o la censura de otros, porque en un escenario así muchas mujeres nos abstendremos de utilizar los baños públicos, aunque tengamos necesidad de usarlos.

Aquí quiero señalar la parte del párrafo en donde digo esforzándose en ser especialmente amable con él. Estas mujeres se han autoinculcado la creencia de que tienen que ser amables con todo el mundo, pero especialmente con cierto tipo de personas. Cuando un grupo social pasa con a ser considerado una minoría, la mujer complaciente es la primera que corre a defender los derechos de estos, incluso en aquellos casos en los que defender esos derechos supuestamente vulnerados suponga que se infringen sus propios derechos, sus libertades, o su seguridad personal.

Dentro de esta patología de la complacencia hay grados. Hay mujeres que se sentirán ofendidas incluso porque yo esté hablando de esta forma aquí; tan radicales en su complacencia que en su cabeza no quede espacio ya para la más mínima autocrítica; que ni siquiera lleguen a comprender lo que ellas mismas pierden abriéndoles paso a ciertos individuos y dejando espacio para que otros ocupen su plaza.


Muchas mujeres dentro de movimientos como el feminismo y otros argumentan que la culpa de esto (no la responsabilidad, sino la culpa, nótese la diferencia) la tiene el patriarcado que nos educa para que nos comportemos de forma amable con todo el mundo. Estoy en absoluto desacuerdo con esta afirmación. La complacencia, al nivel que lo practican millones de mujeres en el mundo no es algo que se pueda enseñar. Claro que somos el producto de las sociedades en las que vivimos, pero la personalidad la traemos de la cuna. Nacemos con los rasgos básicos de nuestra personalidad, que se va moldeando en base al entorno en el que crecemos. Ambas circunstancias tienen peso nuestra personalidad, y es algo de lo que se olvidan aquellas que argumentan con que solo el entorno tiene influencia sobre nosotras. Se están engañando a sí mismas con esos argumentos.

Lo que es más, aunque la complacencia es un rasgo con el que nacemos las mujeres, cuando se acaba convirtiendo en una patología hablamos de un trastorno de apego, en este caso inseguro-ambivalente, como explico en mi libro. Es decir, hay una influencia del entorno que hace que la mujer acabe comportándose de esa forma, pero no tiene tanto que ver con un patriarcado malo que nos quiere sumisas, sino que tiene más que ver con un trastorno de apego, esto es, un trastorno psicológico que se ha generado en su entorno familiar, en base a cómo ha sido tratada esa mujer en su infancia, y a unas fragilidades psicológicas con las que ya nace la mujer, y de las que después estas no se hacen cargo. Y aquí cabe recordar que los trastornos de apego se generan sobre todo en relación con la madre, luego, la excusa del patriarcado no vale de mucho aquí.

Los problemas psicológicos se arreglan con terapia, pero de nuevo hay una gran falta de autocrítica que lleva a las mujeres a no buscar soluciones a sus problemas. Si sigues echando balones fuera y no reconoces que tienes un problema, nunca podrás arreglarlo. Como grupo, las mujeres se harían mucho bien reconociendo que hay un rasgo femenino patológico con el que millones de ellas han nacido, que se llama complacencia, y que, por muy útil que haya sido a lo largo de la historia de la humanidad para sobrevivir y evolucionar, ha quedado obsoleto hace mucho tiempo, porque se ha deformado por completo.

La vida está llena de ejemplos en los que observamos cómo las mujeres se ponen a sí mismas en situaciones de peligro o en situaciones incómodas o de desventaja, y lo hacen siempre para agradar al otro. Incluso en los casos en los que estas mujeres reconocen que lo han hecho mal y que tenían que haber dicho que no cuando dijeron que sí, siguen manteniendo la misma actitud de complacencia. En esos casos terminan haciendo malabares para no salir perdiendo demasiado, pero que al mismo tiempo su interlocutor no las perciba nunca como siendo desagradecidas o malas personas. En pocas palabras, aun cuando la mujer reconoce que no debería haber sido tan complaciente sigue siendo complaciente.



A veces estas mujeres apelan a la intervención de terceras personas para que estos hagan lo que ellas no son capaces de hacer. Te solicitan para que tú tomes cartas en el asunto y tomes las decisiones que ellas no son capaces de tomar. Dicho de otro modo, cargan la responsabilidad de su pusilanimidad sobre tus hombros. “Hazte cargo tú que yo no puedo”. Si eres tan inocente como para picar y aceptas la responsabilidad de intervenir y hacer por esta mujer lo que ella misma no se atrevió a hacer, corres el riesgo de hacer el ridículo, además de quedar tú como el malo de la película. Porque la complacencia es como una adicción. La mujer que la padece no puede librarse de ella y no es tan sencillo como decir que se encargue otro, para quedar curadas. Lo que esto significa es que cuando tú intercedas por ella frente a una tercera persona diciéndole que no, ella, a pesar de todo, seguirá haciendo lo mismo que ha hecho siempre: seguirá siendo complaciente con la otra persona. A pesar de haberte pedido ayuda a ti y a pesar de haber dejado claro que quiere decirle que no a la otra persona, en cuanto te des la vuelta ya le estará diciendo que sí.

En otras situaciones te utilizará como parapeto y se envalentonará plantando cara al interlocutor y diciéndole que no, muy valiente porque estás tú protegiéndola. Cuando siente que otra persona le apoya se siente capaz, pero cuando tú desaparezcas agachará la cabeza y volverá a estar a la orden de su interlocutor y volverá a ser complaciente en todo lo que aquel ordene.

Decir que no para millones de mujeres ahí fuera es como el acto de triunfo universal que se quedó a medias cuando se fabricó la fémina humana. Lo que prevalece para estas mujeres es que nadie piense mal de ellas, quedar bien ante todos en cualquier circunstancia, porque no pueden soportar el rechazo. Es una de las características de este tipo de trastorno de apego. Y por más que lo entendamos tenemos que actuar de la misma forma que actuamos ante cualquier otro problema femenino. Es tu responsabilidad y debes hacerte cargo tú: si tienes un problema psicológico deberías hacer terapia.


Con respecto a esto es importante entender que estas mujeres son capaces de pedir ayuda, pero solo de cierta forma, porque solo entienden la ayuda de cierta forma. Te pedirán que intercedas, pero no se les ocurriría hacer terapia. a veces reconocen que hay un problema, pero no parecen ser capaces de identificarlo y enfrentarse a ello. Hemos de explicar que los problemas psicológicos afectan gravemente a la cognición, por lo que, lejos de estar hablando aquí de una cualidad humana deseable vinculada al altruismo y a la bondad, estamos hablando de un grave problema psicológico con profundas raíces y que genera unas consecuencias terribles para la vida de estas mujeres.


Ya hemos visto el ejemplo de los cuartos de baño en las clases de yoga, pero pongamos algunos ejemplos más:

El aprovechado de tu trabajo te pide que termines un informe por él. Podría hacerlo él, pero prefiere estar en la cafetería. Además, sabe de sobra que si te lo pide a ti le vas a decir que sí, aunque por dentro quieras decir que no, ¿por qué no aprovecharlo? Y esto es lo primero que hay que decir: si tú dejas que otros se aprovechen de ti que no te quepa la menor duda de que lo van a hacer. Lógicamente, no sabes decirle que no. Intentas hacer malabares para encajar su trabajo con el tuyo, porque tú ya estás cargada de trabajo, pero en ningún momento se te ocurre ir a su mesa y dejarle su trabajo a él para que se encargue, puesto que para eso le pagan. No se te ocurre en ningún momento hacer responsables a otros de lo que es su responsabilidad. Estas son las mujeres que siempre están cargadas de trabajo, y que son capaces de hacer horas extra y todo lo que haga falta porque nunca aprendieron a decir que no. Esto redunda en una calidad de vida muy pobre, en un agotamiento físico y puede generar burn out profesional y problemas para conciliar la vida familiar, algo que de por sí está presente en la mayoría de las mujeres que trabajan fuera de casa.



Otro ejemplo más crudo: De nuevo en el entorno profesional, tienes un compañero que es el tipo de hombre que cualquier mujer quiere mantener a distancia. Tú no quieres que se te acerque, pero no eres capaz de decírselo. En la cafetería se sienta junto a ti a la hora de la comida. Y cuando digo que se sienta junto a ti, quiero decir que se sienta muy cerca de ti, tanto que te hace sentir incómoda. A lo largo de la semana se va acercando cada vez más a ti. Traspasa de forma continuada los límites de tu espacio personal, lo que no solo te hace sentir incómoda, sino que te genera sensación de peligro. Estos son hombres a los que hay que poner límites muy claros, pero tú no eres capaz de hacer eso. A veces ni siquiera diciéndoles que no muy claramente en su cara son capaces de comprenderlo y siguen insistiendo. No te llames engaño, te han elegido a ti como la víctima porque saben que contigo pueden. Todo el mundo se da cuenta de que eres una de esas mujeres que no saben decir que no. Llamas la atención de aquellas personas que quieren ayudar, a veces, pero sobre todo llamas atención de aquellas personas que quieren aprovecharse de otros. Eres una presa fácil para este tipo de individuos y por eso van a por ti. Él te va probando poco a poco y te hace insinuaciones y preguntas a las que tú no sabes decir que no.

Y aquí hay que hacer un inciso para insistir en que la mayoría de las mujeres del mundo no saben decir que no, no solamente las mujeres complacientes. Con esto no queremos decir que las mujeres sean culpables de que las acusen o que las agredan. El responsable, y el culpable de agredir y de acosar, es el perpetrador, el victimario. Punto. Ahora bien, las mujeres tienen que aprender que este tipo de hombres buscan a un tipo de mujer concreta para acosarlas y agredirlas y suelen ser aquellas mujeres complacientes que nunca se han atrevido a decir que no.

Siguiendo con el ejemplo, puesto que no sabes decir que no, aunque el lenguaje de tu cuerpo a veces diga que no, este tipo de hombres no se van a dar por aludidos por eso. Lleva tiempo invirtiendo su energía en derribarte y no va a soltar la presa tan fácilmente. Seguirá y seguirá y seguirá hasta que termines cediendo a sus deseos o bien hasta que termine forzándote y te veas en una situación peligrosa para la integridad física.

Podríamos seguir poniendo ejemplos, pero creo que la lectora ya ha comprendido de qué estamos hablando aquí. Muchas de estas mujeres que están leyendo esto se estarán preguntando, y entonces, ¿qué propones que hagamos? La mayor preocupación para ellas es que alguien les incite a ser desagradables con otras personas, porque para ellas decir que no es ser desagradable, y no hay nada peor en su vida que verse en la disyuntiva de ser desagradable con otra persona. Es indigno comprobar hasta qué punto a estas mujeres les preocupa mucho más no ser desagradables con un acosador, que aprender a decir que no para evitar situaciones similares en el futuro. Y esto resume en pocas palabras lo que vengo diciendo en toda la entrada, que estamos hablando de una patología muy grave, y no sencillamente de un comportamiento al que nos haya inducido el patriarcado, o un sencillo problema de autoestima. Vamos a tomarnos las cosas en serio y vamos a darles a las mujeres la información que necesitan de verdad.

El grave problema con las mujeres cuando intentas hacerles entender que son responsables de su comportamiento es que traducen la palabra responsabilidad en culpa. Es un truco muy viejo en el que no podemos caer aquellos que pretendamos ayudar. Nada de lo dicho aquí pretende hacerte sentir culpable sino instilar en tu cabeza el mínimo de sentido de la responsabilidad que necesitas para no volver a ponerte ti misma en situaciones de peligro. Así que, por favor, guárdate la carta de la culpa. No te pedimos que seas desagradable con nadie, pero sí te pedimos que aprendas a decir que no, por tu propio bienestar.



Si a ti, como a millones de mujeres, decir que no ante la petición de otras personas te genera un ataque de pánico, como adulta debes hacerte consciente de que tienes un problema grave y que, puesto que es un problema psicológico tienes que tratártelo en terapia. ¿Y qué terapia? Pues terapia reprocesadora de trauma, puesto que hablamos de trastorno de apego, y eso es a causa de unas conexiones neuronales patológicas que se generaron en tu infancia cuando tu sistema nervioso estaba en formación. Por eso, hay que ir directamente a tratar el sistema nervioso, y eso solo lo podrás hacer con técnicas neuroreprocesadoras.

Te deseo lo mejor, pero al mismo tiempo espero que esta entrada te haya hecho sentir mal y que haya removido lo suficiente como para ponerte en marcha y comenzar a hacerte responsable del grave defecto de personalidad que supone la complacencia que padeces.

Suerte.

Puedes escuchar el podcast correspondiente a esta entrada aquí.