Masculinizar a las mujeres y feminizar a los hombres

Actualizado: abr 16

Transformar a las mujeres en hombres y a los hombres en mujeres, además de no tener sentido, es contraproducente para ambos.


En las últimas décadas estamos asistiendo a un fenómeno social que parece ir encaminado a generar una forzada simetría entre hombres y mujeres, y que tiende a borrar las líneas que diferencian físicamente a ambos.


No se trata solo de la apariencia física, aunque se le da mucha importancia. Se trata también de la actitud ante la vida y de los diferentes rasgos personales que definen a hombres y a mujeres.


El discurso que subyace a esta insistencia se basa en que nuestra forma de ser y de presentarnos ante el mundo es un mero condicionamiento social. Es decir, según esto, las mujeres se visten de mujeres y se comportan como tales porque la sociedad nos obliga a ello. Es curioso que este tipo de discursos son siempre unidireccionales; parece que a los hombres la sociedad no les estuviera obligando a nada. Es como si nos dijeran indirectamente que la mujer en realidad no existe, que todo lo vinculado a la feminidad es un invento social que nos ha llevado a comportarnos de una forma concreta, pero que en el fondo no somos eso.



Forman parte de ese discurso aparentemente protector de los intereses femeninos, argumentos como que las mujeres no son auténticamente libres para elegir como vestirse o como ser, y que, de ser libres elegirían vestirse como los hombres. Las soluciones que se plantean para este tipo de dilemas inexistentes pasan siempre por destruir algo perteneciente a la mujer. En este caso, si hablamos de transformar a las mujeres en hombres bajo la premisa de que las mujeres en el fondo lo desean, se trataría de destruir cualquier rastro de mujeridad y todo aquello que las mujeres representan o en lo que se puedan apoyar.


Nuestra forma de presentarnos ante el mundo es la expresión de cómo nos sentimos y de cómo nos vemos a nosotros mismos internamente. De esta forma, que las mujeres se hayan vestido de una forma que exalte su feminidad a lo largo de toda la historia, y que, a pesar de los intentos constantes de masculinizarnos, sigamos haciéndolo de forma voluntaria, debe significar algo.


Si expresamos lo que somos internamente en nuestra forma de vestirnos (sobre todo, aunque no exclusivamente), y encontramos que las mujeres de todo el mundo, en toda la historia, y en todas las culturas del mundo, comparten muchas de las formas de adornarse cuerpo, cabello y rostro, quizás tengamos que reconocer que, en realidad, la forma de vestirse de las mujeres no es más que la expresión externa de la feminidad que percibimos interiormente.


Pero por alguna razón, da la sensación de que a las mujeres se nos esté obligando, desde hace décadas y de forma terminante, a olvidarnos de quiénes somos y a mostrarnos con unos rasgos y unos comportamientos internos y externos que no nos son propios, acabando así con la naturaleza misma de lo que somos en esencia.


Los discursos e ideas adoctrinadores sobre lo que cada sexo tiene que ser solo nos aporta más confusión y más caos. Cambiar un condicionamiento por otro es representativo de ese caos.

La cuestión más interesante aquí sería ver si al final, intentando escapar de lo que se supone que es un condicionamiento social, acabamos adoptando otro condicionamiento social que va en la línea justamente opuesta. ¿Cuál es la diferencia entre vestirse de mujer porque la sociedad te induce a ello, y vestirse de hombre porque la sociedad te induce a ello? ¿Acaso no están siendo manipuladas e influenciadas culturalmente las que deciden que se quieren muscular y vestirse de forma masculina? ¿Solo las que seguimos pareciendo mujeres hemos sido condicionadas ? ¿Dónde acaba la influencia de la sociedad y los movimientos culturales y dónde empieza el libre albedrío del individuo?


Porque hay que reconocer que la insistencia en transformar a la mujer en un hombre tiene todo el aspecto de ser un adoctrinamiento en toda regla. Habría que ver a qué propósito sirve este adoctrinamiento, y por qué lo quieren camuflar de libertad.


La feminidad pasó a mejor vida en los últimos veinticinco años y ya no se ve ni rastro de ella. Y no hablo solo de la forma de vestir, sino que parece haber una lucha contra todo lo que represente la feminidad, especialmente la cadera femenina. Y como no podía ser de otra forma, las primeras en pie de guerra contra ellas mismas son las propias mujeres.


En un intento de imitar a las grandes actrices, modelos y celebrities en general, las mujeres intentan limarse las caderas de todas las formas posibles. Pensando que esas redondeces van a desaparecer adelgazando, las mujeres se matan de hambre. Cuando tienen la posibilidad de hacerlo, retocan sus fotografías y vídeos para simular que sus caderas son lisas, cuando eso es antinatural. Los ejemplos de famosas que tienen las mujeres son radicalmente masculinos, con hombros anchos y caderas estrechas en su mayoría, con una osamenta que grita hombre por todas partes. Son los peores ejemplos que podría usar una mujer, pero desgraciadamente son la base del cuerpo ideal al que millones de mujeres aspiran. Es un intento más de masculinizar lo que es femenino.




No hay nada más intrínsecamente femenino que nuestras caderas, pero si lo que buscas es masculinizar a las mujeres hasta convencerlas de que son hombres, entonces tienes que hacer desaparecer la cadera femenina. E intentando destruir sus caderas para imitar la figura masculina, las mujeres solo se destruyen a sí mismas.


Con los hombres ocurre lo mismo. Como ya hemos visto en otra entrada, a los hombres se los despoja de todo lo que ha sido masculino tradicionalmente, como la fortaleza y el instinto de protección. Y es curioso que sean también las mujeres las que hacen eso.


La fabricación de la ropa que usamos va en la misma línea. Hace décadas que resulta imposible comprar ropa que sea auténticamente femenina. Hemos seguido un camino masculinizador en la moda, de forma subliminal, y lo hemos comprado sin una sola queja. Cuando nos presentaron las hombreras en las americanas, en los años 80, que nos hacían la espalda ancha, como la de los hombres, lo aceptamos sin más. Cuando nos presentaron el overall, o mono vaquero unisex en los 90, que borra las formas del cuerpo, lo aceptamos sin más. Y ahora, cuando nos venden pantalones vaqueros con la cinturilla baja, los aceptamos sin más también, aunque no nos sienten bien.


Las mujeres tenemos las caderas altas y cuando nos ponemos una prenda cuya cinturilla cae por debajo de nuestra cintura, corta la zona de la cadera en dos, haciendo que la mitad de esa cadera sobresalga por encima del pantalón. Es una imagen grotesca que sirve como muestra de cómo se burlan de nosotras los diseñadores (hombres) de moda. La cinturilla baja solo les sienta bien a los hombres, que tienen la cadera baja. Si quieres que esos pantalones te sienten bien, primero tendrás que deshacerte de tus caderas de mujer…


Y de ahí que, las mujeres, para amoldarse a la ropa fabricada para hombres que nos venden como si fuera de mujer, intenten cambiar sus cuerpos a la desesperada, para encajar en un patrón foráneo, alienador, que no es el nuestro, que no nos respeta como mujeres, pero que intentamos emular sea como sea.


Y qué me dicen de la obsesión por hacer ejercicio para marcar musculatura. No se trata solo de hacer músculo, sino sobre todo de desarrollar la misma musculatura que el hombre. Los vientres deben ser planos. Es casi una obligación. Tu barriguita de mujer, esa que sale de forma natural porque eres redondita, se censura. Te aleccionan para que tú misma aprendas a odiar las naturalidades de tu cuerpo, y que te aprecies solo a través del prisma del cuerpo masculino. “Solo cuando tengas el vientre plano serás una mujer bella”. Bullshit.


Querer parecer un hombre y eliminar de tu cuerpo todo rastro femenino es misoginia. Haciendo eso atentas directamente contra lo que eres en esencia.


No lo hagas.





Aunque un poco obsoleta, puedes encontrar el podcast vinculado a esta entrada aquí.

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